Relojes: minas de oro que llevamos en la muñeca

Cada reloj que llevas en la muñeca es joya, es máquina de precisión y, cuando deja de funcionar, se convierte en chatarra electrónica. Dentro de esas cajas brillantes se acumulan oro, plata, litio y cobre en concentraciones que harían palidecer a cualquier mina tradicional. Valen mucho más de lo que imaginas. La incógnita es quién se molesta en recuperar ese tesoro escondido antes de que acabe en un cajón olvidado.

El oro vive en la muñeca

Por: Gabriel E. Levy B.

Un Rolex Day-Date de oro macizo guarda cerca de 75 gramos de oro fino. Tradúcelo a precio de mercado con el metal en máximos históricos y entenderás por qué en 2026 algunos comerciantes prefieren la fundición al coleccionismo.

En mayo de ese año, el británico Jon White, de Gold Traders, fundió un Omega Constellation de los años setenta. El oro de la caja valía 5.750 libras, un 35 por ciento más que su precio estimado en subasta. La pieza desapareció en el crisol.

La agencia Reuters documentó el fenómeno tras entrevistar a más de una docena de comerciantes y asesores del sector. Los relojes pueden contener desde una pizca de oro hasta más de 200 gramos, según el modelo. En un Omega Constellation el metal aparece tanto en la caja como en el brazalete. Marcas como TAG Heuer y la propia Omega, que se deprecian en el mercado de reventa, son las más expuestas a este destino. Rolex y Patek Philippe, escasas y codiciadas, conservan primas muy por encima de su valor de fundición.

La riqueza no termina en el oro. Las pilas de botón de óxido de plata que alimentan los relojes de cuarzo contienen alrededor del 30 por ciento de plata en peso. Solo en India se desechan cerca de mil millones de estas pilas al año, con potencial para recuperar unas 25 toneladas de plata. Suma el cobre de los circuitos, el acero inoxidable de las cajas, el titanio, el zafiro sintético del cristal y trazas de paladio y rutenio en los movimientos. Cada reloj es un cofre miniatura.

La mina que cabe en un cajón

Los expertos llaman a esto minería urbana, y la comparación numérica resulta brutal. Una tonelada de mineral de oro rinde unos cinco gramos del metal. Una tonelada de chatarra electrónica rinde 300 gramos, según el refinador belga Umicore. El Ministerio de Medio Ambiente de Japón calcula que diez mil teléfonos móviles, que pesan una tonelada, contienen unos 280 gramos de oro. La basura tecnológica es decenas de veces más rica que el subsuelo.

El obstáculo no es técnico. Las refinerías modernas recuperan entre el 95 y el 98 por ciento de los metales preciosos que entran a sus hornos. El problema está en la recolección. El mundo generó un récord de 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en 2022, un 82 por ciento más que en 2010. De toda esa montaña, apenas el 22 por ciento se recogió y recicló de forma adecuada. El resto se perdió, y con él se esfumaron 62.000 millones de dólares en recursos recuperables.

Reparar en lugar de tirar

Frente a la lógica del descarte crece un mercado que apuesta por lo contrario. Los relojes de lujo de segunda mano movieron entre 24.000 y 27.000 millones de dólares en 2024, y crecen más rápido que los relojes nuevos. Deloitte, tras cinco años encuestando a más de 6.000 compradores anuales, predice que en una década el mercado de segunda mano igualará al de relojes recién salidos de fábrica.

El cambio lo empujan los jóvenes. Cuatro de cada diez compradores millennial y de la generación Z dicen que comprarían un reloj usado en el próximo año, una proporción mayor que entre sus padres. Citan el precio, la disponibilidad inmediata y la sostenibilidad. Rolex leyó la tendencia y en diciembre de 2022 lanzó su programa Certified Pre-Owned a través de Bucherer. Cada reloj se autentica, se repara y se vende con garantía internacional de dos años. Plataformas como Chrono24 dieron escala global al fenómeno, con más de medio millón de relojes listados de vendedores en más de 150 países.

Aquí aparece la frontera real de la sostenibilidad relojera. Rolex garantiza repuestos durante 35 años después de descontinuar un modelo y da servicio a unos 450.000 relojes cada año. Patek Philippe se compromete a reparar cualquier pieza fabricada desde 1839. Un reloj mecánico pasa de abuelo a nieto. Un smartwatch promedio muere en dos a cuatro años, con su batería de litio sellada como sentencia.

El lado difícil del reciclaje

Los relojes inteligentes y los modelos de cuarzo baratos plantean el reto más espinoso. Sus baterías van pegadas dentro de la caja, reemplazarlas cuesta caro o resulta imposible, y eso empuja a botar el aparato entero. El mercado de smartwatches sufrió en 2024 su primera caída, con Apple perdiendo casi una quinta parte de sus envíos. Muchos de esos dispositivos terminan en un cajón o en la basura común, donde sus pilas liberan metales pesados o provocan incendios en plantas de residuos.

La Unión Europea intenta poner orden. Su directiva sobre residuos electrónicos fija un objetivo de recolección del 65 por ciento, aunque en 2022 el bloque solo alcanzó el 40 por ciento. El nuevo Reglamento de Baterías, aprobado en 2023, exige que desde febrero de 2027 las baterías portátiles sean fáciles de extraer y reemplazar por el usuario. La norma apunta directo al diseño sellado de los wearables.

Entre el reciclaje formal e informal media un abismo. En Hoboken, Bélgica, Umicore opera una de las mayores refinerías del planeta, capaz de recuperar 17 metales y producir más de 100 toneladas de oro al año. En Agbogbloshie, un barrio de Accra en Ghana al que llega cerca del 15 por ciento de la basura electrónica mundial, los trabajadores queman plásticos y usan ácidos para arrancar los metales, con graves daños a su salud y al entorno.

La próxima vez que un reloj deje de marcar la hora, recuerda que no es basura. Es una mina diminuta esperando a que alguien la abra con cuidado.

En resumen

Los relojes concentran oro, plata, litio y cobre en pocos gramos, lo que los convierte en auténticas minas urbanas. El mercado de segunda mano premia la reparación y alarga su vida, mientras los smartwatches con baterías selladas engrosan una montaña de residuos electrónicos que el mundo apenas recicla en un 22 por ciento. Recuperar ese tesoro depende menos de la tecnología que de la voluntad de recogerlo.

Referencias:

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