En Singapur la basura no termina en un vertedero; se transforma en energía que ilumina hogares y oficinas.
Cada día, miles de toneladas de residuos viajan en camiones hasta plantas donde el fuego los convierte en vapor y, a través de turbinas, en electricidad.
En una isla sin espacio para desperdiciar, el país diseñó un modelo de gestión que no solo reduce la montaña de desechos, sino que también alimenta su red energética.
El fuego como estrategia urbana
Por: Gabriel E. Levy B.
La historia de la gestión de residuos en Singapur está marcada por la necesidad.
En la década de 1970, la ciudad-Estado enfrentó un dilema: el crecimiento urbano acelerado multiplicó la basura mientras el territorio disponible para verterla se agotó.
El gobierno adoptó entonces la incineración como vía principal para manejar los desechos.
En 1979 inauguró su primera planta, Ulu Pandan, que procesaba 1.200 toneladas diarias.
La apuesta se consolidó con la construcción de instalaciones mayores como Tuas Incineration Plant (1986) y Keppel Seghers Tuas Waste-to-Energy Plant (2009), esta última diseñada con sistemas de filtrado de gases y recuperación de calor más eficientes.
Según el National Environment Agency (NEA), actualmente el 90% de los residuos se incinera, reduciendo su volumen en un 90% y generando alrededor del 3% de la electricidad consumida en el país.
El economista ambiental Nicholas A. Ashford (MIT) señaló que los sistemas de incineración son, en contextos urbanos densos, “una solución de compromiso entre sostenibilidad energética y limitaciones espaciales” (Ashford y Caldart, Technology, Law, and the Working Environment, 2008).
En Singapur, ese compromiso se convirtió en política de Estado.
La basura como recurso
Convertir residuos en electricidad no se explica solo por la innovación tecnológica, sino también por un marco cultural y político.
Singapur diseñó una narrativa de “basura como recurso” que penetró en su vida cotidiana.
La ciudad-Estado produce más de 7.000 toneladas de residuos al día.
Sin espacio para rellenos sanitarios, optó por una doble estrategia: reciclar lo máximo posible e incinerar el resto. De esa combustión surgen dos productos: energía y cenizas.
La primera abastece hasta 300.000 hogares.
Las segundas, que representan un 10-15% del peso original, terminan en Pulau Semakau, una isla artificial construida en 1999 a 8 kilómetros de la costa. Allí, las cenizas se depositan en celdas selladas que evitan filtraciones y, al mismo tiempo, el espacio funciona como reserva natural con manglares y aves migratorias.
Este enfoque refleja lo que Zygmunt Bauman denominó “modernidad líquida”: sociedades que no producen menos residuos, sino que los reorganizan para mantener el consumo sin fricciones visibles (Vida de consumo, 2007).
En Singapur, la incineración funciona como esa reorganización que oculta la basura a los ojos de la ciudadanía, transformándola en luz eléctrica o en un islote verde.
Además, el sistema se inserta en la política de Zero Waste Masterplan (2019), que proyecta reducir en un 30% la cantidad de residuos enviados a Semakau para 2030. La estrategia incluye incentivos al reciclaje, programas escolares y la clasificación obligatoria de desechos en edificios públicos y privados.
La basura se volvió un eje de identidad nacional: un país que muestra cómo la escasez puede convertirse en oportunidad.
La paradoja del humo
Sin embargo, la incineración plantea interrogantes. Aunque los sistemas actuales cumplen con normas internacionales de emisiones, críticos señalan que la quema de residuos libera dióxido de carbono y partículas contaminantes. Si bien Singapur instaló filtros de última generación, la dependencia de la incineración dificulta avanzar hacia una economía verdaderamente circular.
El International Solid Waste Association (ISWA) advierte que la valorización energética puede ser una trampa: al garantizar electricidad a partir de basura, se crea un incentivo para mantener altos volúmenes de residuos. En otras palabras, mientras más basura se genere, más energía se produce, perpetuando el ciclo del consumo.
Además, las cenizas, aunque almacenadas en Semakau, no dejan de ser un pasivo ambiental.
Estudios de la Nanyang Technological University demostraron que estas contienen metales pesados que podrían filtrarse en el futuro si no se gestionan con extremo cuidado.
Singapur logró mostrar un modelo eficiente, pero enfrenta la paradoja de sostenerlo en una era que demanda menos incineración y más reducción en la fuente.
La propia Agencia Nacional de Medio Ambiente reconoce que el verdadero desafío no es quemar mejor, sino generar menos basura.
El 3% de la electricidad producida parece un logro, pero también es un recordatorio: la energía que ilumina salas de estar nace de un problema aún no resuelto.
De Semakau a Tuas Nexus
Casos concretos ilustran la evolución de este modelo.
Pulau Semakau, inaugurada en 1999, se convirtió en un referente global: el único vertedero marino del mundo diseñado como reserva natural.
Su dualidad –depósito de cenizas y santuario de aves– simboliza la capacidad de Singapur para reinventar el desecho en paisaje.
Otro ejemplo es el Tuas Nexus, complejo inaugurado en 2025 que integra una planta de incineración con una planta de tratamiento de aguas residuales.
El calor de la quema de basura se reutiliza para los procesos de tratamiento de agua, y el biogás generado en las aguas residuales alimenta la producción energética.
Esta sinergia pretende aumentar la eficiencia y reducir aún más las emisiones.
En el día a día, los camiones que transportan las 3.600 toneladas de basura que se incineran diariamente constituyen la cara visible del sistema.
En barrios como Tampines o Jurong, los residuos viajan desde las estaciones de transferencia hasta las plantas en Tuas, Senoko o Keppel Seghers.
Una logística precisa mantiene en marcha una maquinaria que no puede detenerse: si la basura se acumula, la ciudad colapsa.
Otros países observan con atención. Japón y Suecia replicaron modelos similares, aunque con mayor énfasis en el reciclaje.
En conclusión, Singapur convirtió la basura en electricidad y construyó un modelo de gestión admirado y debatido en el mundo. Su sistema de incineración reduce el volumen de residuos, genera energía y transforma desechos en paisaje, pero también enfrenta críticas por su dependencia en la quema y la dificultad de avanzar hacia un esquema de menor consumo.
La isla que hizo del fuego una herramienta urbana sigue ardiendo entre eficiencia y paradoja.
Referencias
- Ashford, Nicholas A. y Caldart, Charles C. Technology, Law, and the Working Environment. MIT Press, 2008.
- Bauman, Zygmunt. Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica, 2007.
- National Environment Agency (NEA), Singapur.
- Somos Impacto Positivo (2025), “Singapur transforma su basura en electricidad”.
- El Español (2025), “La ciudad sin vertederos”.