En las vitrinas del supermercado moderno, todo parece eterno. Frutas sin estación, electrónicos que se renuevan más rápido que una canción de moda, ropa a precios que invitan al descarte.
Pero lo que no se ve en esas vitrinas es el costo real de ese modelo: un planeta que ya no da abasto.
Vivimos como si tuviéramos recursos infinitos, y la verdad incómoda es que no los tenemos. La economía circular surge, entonces, no como una opción, sino como una necesidad urgente.
El colapso de los límites
Por: Gabriel E. Levy B.
“La economía actual está diseñada para fallar, porque parte de una premisa errada: que podemos crecer infinitamente en un planeta finito”, advirtió en 1972 el Club de Roma en su célebre informe Los límites del crecimiento. En ese documento, uno de los primeros en vincular la economía con la ecología, ya se anticipaba lo que hoy se volvió evidente: el modelo lineal, extraer, producir, consumir, desechar, es insostenible.
Décadas después, ese diagnóstico se transformó en realidad. Según datos del Global Footprint Network, en 2023 la humanidad agotó los recursos naturales que la Tierra puede regenerar en un año tan solo el 2 de agosto. Es decir, desde ese día vivimos en deuda ecológica.
Autores como Serge Latouche, crítico del crecimiento desenfrenado, han propuesto un viraje hacia la “decroissance”, una economía que disminuya la presión sobre los ecosistemas. En su libro La apuesta por el decrecimiento, el economista francés sostuvo que “la abundancia material se ha convertido en escasez vital”. La economía circular toma nota de esta advertencia, y plantea una solución menos drástica pero igualmente urgente: rediseñar el sistema para que los residuos se conviertan en nuevos recursos.
Recursos limitados, hábitos ilimitados
“La economía circular no es una moda, es una forma de pensar el mundo desde la regeneración, no desde la extracción”, escribe Ellen MacArthur, una de las impulsoras del concepto a nivel global. Su fundación, que lleva su nombre, ha promovido desde 2010 el diseño de sistemas económicos basados en el aprovechamiento continuo de los recursos. En su visión, el modelo actual, heredero de la revolución industrial, agotó su capacidad de adaptación.
La situación es crítica: cada año se extraen más de 100.000 millones de toneladas de materiales del planeta, pero solo un 7,2% de esos recursos vuelve al ciclo económico, según el Circularity Gap Report 2023. Esto quiere decir que más del 90% termina como residuo: enterrado, incinerado o acumulado en vertederos.
A esto se suma un crecimiento demográfico sin precedentes. En 1950, la población mundial era de 2.500 millones. Hoy, supera los 8.000 millones. Y aunque el crecimiento poblacional se estabiliza en algunas regiones, la presión sobre los recursos continúa aumentando, sobre todo en países en vías de desarrollo que adoptan patrones de consumo similares a los de Occidente.
En este contexto, el consumismo no es solo una cuestión cultural, sino estructural. El sistema económico necesita que consumamos constantemente para sostenerse. La obsolescencia programada, la moda rápida (fast fashion) y la cultura del descarte no son accidentes, sino pilares del modelo vigente.
La economía circular propone otra lógica: productos duraderos, reutilizables, reparables. Materiales reciclables, cadenas productivas regenerativas, energías limpias. No se trata solo de reciclar más, sino de generar menos residuos desde el diseño mismo de los productos. Es un cambio de paradigma.
El futuro como residuo
La paradoja de la era moderna es que producimos tanto que ya no sabemos qué hacer con lo que desechamos. Según un informe del Banco Mundial, en 2022 se generaron más de 2.240 millones de toneladas de residuos sólidos urbanos. Se estima que para 2050 esa cifra superará los 3.400 millones.
En América Latina, solo el 10% de esos residuos se recicla. El resto termina en rellenos sanitarios o vertederos a cielo abierto, muchos de ellos ilegales. Y mientras tanto, los océanos reciben el equivalente a un camión de basura lleno de plástico cada minuto. Las consecuencias no son solo ecológicas, también económicas y sociales.
Los microplásticos ya están en la sangre humana, en la placenta, en el aire que respiramos. El calentamiento global, alimentado por la extracción y quema masiva de recursos fósiles, provoca fenómenos extremos cada vez más frecuentes. Inundaciones, sequías, incendios. El clima responde a nuestros excesos.
Y sin embargo, los modelos económicos siguen calculando el éxito en base al crecimiento del PIB, sin contabilizar las pérdidas ambientales, la degradación de los suelos, la pérdida de biodiversidad. Como si el planeta fuera una empresa sin contabilidad ambiental.
La economía circular enfrenta esta ceguera estructural. Introduce el concepto de “externalidades” dentro de la ecuación económica. ¿Qué costo tiene una camisa que cuesta cinco dólares, si para producirla se contaminó un río y se explotó mano de obra? ¿Qué valor tiene un celular descartado, cuando sus minerales provienen de zonas de conflicto?
Cuando cambiar es rentable
Hay ejemplos concretos de que otra forma de producir es posible. En los Países Bajos, el gobierno lanzó en 2016 un ambicioso plan para lograr una economía 100% circular para 2050. Empresas como Philips rediseñaron sus productos para facilitar su desensamble y reutilización. Incluso ofrecen “servicios de luz” en lugar de vender bombillas: el cliente paga por la iluminación, y la empresa mantiene y recicla los equipos.
En Suecia, el gobierno reduce impuestos a quienes reparan electrodomésticos o bicicletas. En Francia, desde 2021 es obligatorio que los fabricantes de ciertos productos indiquen un índice de reparabilidad, para que los consumidores sepan cuánto tiempo podrán usarlos antes de convertirse en chatarra.
En América Latina, aunque con menor escala, también surgen iniciativas. En Colombia, la empresa Conceptos Plásticos transforma residuos plásticos en ladrillos modulares para construir viviendas. En Chile, la ley REP (Responsabilidad Extendida del Productor) obliga a las empresas a hacerse cargo de los residuos que generan.
Costa Rica apuesta por una economía circular en su estrategia nacional de descarbonización. Y en Argentina, cooperativas de cartoneros y recicladores urbanos sostienen una economía informal que recupera materiales donde el Estado no llega.
Estas experiencias muestran que la transición no solo es posible, sino que puede generar empleo, innovación y beneficios económicos. Pero requiere voluntad política, inversión en educación ambiental y cambios profundos en los incentivos del mercado.
En conclusión, el modelo de desarrollo basado en la explotación sin límites de los recursos naturales llevó al planeta a un punto de inflexión. La economía circular no es una utopía ecológica, sino una estrategia viable para rediseñar el sistema productivo de manera más inteligente y justa. No se trata de renunciar al bienestar, sino de redefinirlo. Porque si algo quedó claro, es que este planeta no tiene repuesto.
Referencias:
- Club de Roma (1972). Los límites del crecimiento.
- Latouche, Serge (2007). La apuesta por el decrecimiento. Icaria.
- Fundación Ellen MacArthur (2023). Circular Economy in Detail.
- Circularity Gap Report (2023). Circle Economy.
- Banco Mundial (2022). What a Waste 2.0.
- Global Footprint Network (2023). Earth Overshoot Day.