
Cada día, sin pensarlo demasiado, arrojamos baterías usadas al tarro de los desechos. Son pequeñas, están agotadas y parecen inofensivas. Pero detrás de ese simple gesto cotidiano se esconde una amenaza ambiental que envenena suelos, contamina ríos y destruye ecosistemas enteros.
Lo que muchos desconocen es que ese acto, multiplicado por millones, representa una de las formas más invisibles pero potentes de contaminación global. Y lo más paradójico: lo que hoy desechamos como basura podría ser una poderosa fuente de riqueza y empleo.
Transformar baterías puede salvar el planeta
Por Gabriel E. Levy B.
Durante décadas, la humanidad celebró el avance tecnológico sin detenerse demasiado a mirar sus residuos. La batería, ese invento que almacena energía y facilita la vida moderna, apareció como un símbolo de libertad: permitió que nos moviéramos sin cables, que lleváramos relojes en la muñeca, que jugáramos sin estar atados a un enchufe. Pero con cada avance, vino también un nuevo reto: ¿Qué hacer con las baterías cuando ya no sirven?
En el siglo XX, el vertido indiscriminado de pilas y baterías se volvió una constante. Las alcaldías no contaban con planes diferenciados para su tratamiento y las personas, ajenas a sus efectos contaminantes, las tiraban junto con el resto de la basura doméstica.
Lo que no sabían, y muchos aún ignoran, es que una sola pila alcalina puede contaminar hasta 167.000 litros de agua, según cifras de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA).
La batería es un recipiente de metales pesados encapsulados en una carcasa. Cuando esa carcasa se oxida, los metales se filtran al suelo y al agua. Entre los elementos que contienen están el mercurio, el cadmio, el plomo, el níquel y el litio, todos altamente tóxicos y persistentes en el ambiente.
En Europa, la Directiva 2006/66/CE sobre pilas y acumuladores obligó a los países miembros a establecer sistemas de recolección y reciclaje.
Pero en América Latina, donde el consumo de estos dispositivos creció en las últimas dos décadas, la legislación ha sido tardía y, en muchos casos, ineficaz.
El litio también muere
En la era de la movilidad eléctrica y los dispositivos inteligentes, las baterías se multiplicaron.
Ya no son sólo las del control remoto o el reloj de pared: son las que mueven autos eléctricos, alimentan marcapasos, dan vida a teléfonos móviles, drones, cepillos de dientes y bicicletas eléctricas. Y cada una de ellas, al agotarse, entra en una cadena de decisiones que marcará la diferencia entre un planeta viable o uno cada vez más tóxico.
En países como Argentina, México, Brasil o Colombia, apenas un pequeño porcentaje de las baterías que se desechan se recicla.
En muchos casos, terminan incineradas, lo que libera gases contaminantes al aire, o abandonadas en vertederos a cielo abierto, donde se filtran lentamente al subsuelo.
El impacto es profundo y duradero: ríos enteros pueden verse afectados, cultivos contaminados con metales pesados, y comunidades expuestas a enfermedades derivadas de la exposición prolongada a estos tóxicos.
Lo más alarmante es que muchos de estos materiales no sólo son contaminantes, sino que también son recursos no renovables y estratégicos.
El litio, por ejemplo, es uno de los minerales más codiciados por la industria tecnológica y automotriz.
Según el estudio Global Lithium Sources de la investigadora Cristina Villegas (2020), en menos de 20 años podríamos enfrentar una escasez crítica si no se implementan sistemas masivos de reciclaje.
“Lo que hoy contaminas, mañana podría darte de comer”
Aunque el panorama parece sombrío, la historia tiene un reverso prometedor. Porque si bien las baterías son una amenaza cuando se desechan mal, también representan una oportunidad si se gestionan adecuadamente.
El reciclaje de baterías, además de reducir el impacto ambiental, puede convertirse en un negocio rentable y sostenible.
En países como Bélgica o Japón, el reciclaje de baterías ya es una industria consolidada.
Empresas como Umicore han desarrollado procesos avanzados para recuperar metales preciosos de las baterías usadas.
Pero lo más interesante es que estos modelos no sólo funcionan en países ricos: también se pueden adaptar a contextos locales, generando empleo verde y dinamizando economías comunitarias.
En Perú, existen campañas de recolección de baterías domésticas que involucran a colegios, comercios y centros comunitarios.
La experiencia demostró que con campañas de concientización adecuadas y una infraestructura básica, es posible generar una cadena de valor local a partir de un residuo.
En Argentina, proyectos, impulsados por la Universidad Nacional de La Plata, buscan diseñar un sistema descentralizado de reciclaje de baterías de litio, combinando saberes técnicos con participación ciudadana.
En Colombia en muchos conjuntos residenciales, centros comerciales y empresas es posible ya encontrar recipientes especiales para baterías, como parte de la normatividad ambiental.
“La batería del futuro comienza en el tarro del presente”
El desafío es construir puentes entre el consumo y la responsabilidad, entre la energía portátil y la conciencia ambiental.
En conclusión, cada batería que desechamos sin cuidado es una amenaza en potencia, pero también una oportunidad desperdiciada.
La gestión adecuada de estos residuos no sólo puede prevenir daños ecológicos graves, sino que puede generar una nueva economía verde basada en la recuperación de materiales.
Reciclar baterías no es un lujo ecológico: es una necesidad urgente y una promesa tangible de desarrollo sustentable.
Referencias:
- EPA (Environmental Protection Agency). “Household Batteries.” www.epa.gov.
Cada día, sin pensarlo demasiado, arrojamos baterías usadas al tarro de los desechos. Son pequeñas, están agotadas y parecen inofensivas. Pero detrás de ese simple gesto cotidiano se esconde una amenaza ambiental que envenena suelos, contamina ríos y destruye ecosistemas enteros.


